"Ella estaba sentada a mi lado y me sudaban las manos, tembloroso de tocarla y sentirla por primera vez".
Era viernes de tarde cuando la conocí. En una cabina de internet sellaría mi destino con la vida. Nos saludamos por primera vez en aquel chat, como tantas veces lo había hecho con otras personas. Aquella tarde parecía impaciente, mis pensamientos no estaban en el lugar, las ideas eran vacías pero la ocasión inmejorable.
No recuerdo más, todo es vago. Estaba ciego del desencanto y el desatino, necesitado de lo sobrenatural que enfocara mis pensamientos, de lo angelical que iluminara el sendero, de lo divino que me abriera los ojos.
Son en esas circunstancias en que Dios envía un mensajero, un heraldo de dulces noticias y gratas salutaciones. Así llegó ella a mi vida, repentinamente nos encontramos en el hilo estrecho de la casualidad, o en los campos elíseos de la providencia.
Ella es dominicana, yo peruano. Cada uno en su respectiva tierra y con costumbres distintas, compartíamos nuestras emociones a través del teclado por largos meses sin conocernos cara a cara, ni tan siquiera tocarnos. Son amores extraños, sólo la experiencia puede educarnos en ese amor.
Amar viendo es lo ideal, es el diseño. Amar tocando es lo correcto, todos debemos amar así. Pero amar como nos amamos con Mirla, es sufrir cada segundo, y al mismo tiempo, sentir que el cielo es real porque lo tocas con tus manos. Todo parece imperfectamente perfecto y agriamente dulce.
Más de una vez soñé con su tibia presencia y debía imaginarla con imprecisión estimulado sólo por fotografías. Le atribuía el físico que nunca había visto, la idealizaba en mi mente y ella cobraba vida hasta el amanecer, que era cuando se desvanecía al despertar. Tragedia la mía, ojalá no despertara yo de tal sueño y se eternizaran mis anhelos juveniles de un ensimismado enamorado.
Así pasamos todo un año y tres meses, queriéndonos hasta sangrar sólo a través del frío teclado y la implacable pantalla. No se podía seguir así y todo parecía indicar que debíamos terminar este extraño idilio o continuar amándonos haciéndonos daño a la distancia. La única solución encontrada era viajar y alguien debía hacerlo. Quizá ella, o mejor yo.
Le propuse que viniera, pero las circunstancias empeñadas en separarnos nos lo impedían. Por mi parte, tenía mi vida hecha. Había cruzado la mitad de mi carrera con mucho esfuerzo. A mis 18 años había entablado grandes amistades y amaba mi país como nunca antes.
No podía renunciar a todo ello. En mis largas horas de reflexiones se dibujaba mi madre en mi mente. No puedo dejarla me decía, y a mi hermanita, quiero verla crecer. Pero fui vencido por el amor, ni siquiera luché por resistir, cobardemente cedí en la batalla deponiendo mi pasado pensando en ella. Como en todas las historias románticas, llegó la noche de mi decisión, viajaría por ella y tal vez por largo tiempo.
No tenía los recursos económicos, mi madre era mi padre al mismo tiempo, y yo apenas podía mantenerme estudiando. La universidad era muy cara (y lo sigue siendo), el viaje a Dominicana era con escala y nada económico. ¿Y mis estudios? Debía ir a verla y volver después de un mes para seguir estudiando. Pero en el fondo supe que si la conocía en persona, no querría volver jamás.
Debía trasladarme de universidad. Hacer convalidaciones de materias, sacar todos mis documentos de estudios y legalizarlos no sólo en el ministerio de educación en Perú, sino también en la embajada dominicana y luego en el gobierno dominicano. Cada sello costaba mucho dinero para un chiquillo como yo y no tenía muchas opciones qué sortear.
La cabeza se me revoloteaba intuyendo que así no podía viajar. Como una vorágine de emociones me abrumaban y me sentía morir en tal situación. No había luz, no en mi camino. La universidad perdió el sentido, mis relaciones personales fueron desplazadas por la preocupación y la impotencia. Y lo peor... no podía decírselo a nadie.
En toda mi relación por internet con Mirla acudía a Dios con frecuencia. Pero no había estado tan cerca de Dios como cuando lo busqué porque no tenía a nadie más a quién buscar. Entonces puse en sus manos mi situación. Lo que me costó mucho, pues quería manejarla yo. A veces la voluntad de Dios no es la misma que la mía y en ese sentido quería asegurarme.
Lo hice todo. Cada trámite, cada pago, cada decisión. Finalmente pude comprar el pasaje. Era de ida y no de vuelta. Llevaba todos mis papeles, tenía planeado quedarme allá en un país que no era el mío. Cuando todo estaba listo, y sólo me separaba de mi amada tres días, entonces cavilé.
Empecé a ver a mi alrededor. Miraba cómo mis primos seguían sus vidas. Cómo mi mamá envejecería sin mí. Cómo dejaría todo, absolutamente todo. Me pregunté si valdría la pena tanto. Si había obrado bien. Sin embargo, en el fondo tenía la misma llama de amor, el mismo fuego implacable. Nada había disminuido, todo tenía sentido cuando pensaba en ella.
Me sentía el más valiente, el más afortunado. Por momentos me comprendía un estúpido. Un pobre pusilánime que va detrás de su chica. Un inmaduro imberbe que no sabe nada de la vida y mucho menos del amor. Pero no me importaba lo que dirían los demás y lamía mis heridas sin dejar de comprender cómo se podía amar tanto.
Por fin viajé y lo hice por ella, sin otro motivo ulterior. Nada era más importante que ella. Deseaba hacer realidad mis sueños esperando que el amanecer no la desvaneciera y que pudiera quedarme para siempre con ella. Cuando bajé del avión estuve sereno y tranquilo. No había lágrimas por mi familia, ya había llorado lo suficiente. Una brisa muy caliente me acogió a la medianoche, era Santo Domingo. Había luchado contra el mar que celosamente nos separaba, y había vencido. Cual Ulises, arrebaté a Poseidón la arrogancia, me disfracé de héroe y nadé las aguas sin cesar; ahora yacía en la costa dominicana.
Ella me esperaba en el aeropuerto, yo tenía el corazón acelerado. De repente, me avergoncé de mí mismo, por ratos me intimidaba llegar como el novio. Crucé la puerta que nos separaba, empujando mi maletín marrón y cargando al hombro la mochila de la universidad, levanté mis lentes y la vi. Dicen que nadie es perfecto pero se equivocan, y lo supe cuando mis pupilas la inmortalizaron para siempre en mí.
En mis sueños la idealizaba siempre, en mis pensamientos la dibujaba con imprecisión. Ahora estaba delante de mí. Sentí un nudo en la garganta, lo había logrado. La mamá estaba a su lado y me reconoció de inmediato. Me acerqué turbado y temeroso de tocarla. Creí que de acercarme mucho, otra vez se desvanecería y despertaría de ese sueño divino. La saludé con torpeza y ella me dijo las primeras palabras que jamás olvidaré. “Agarra tu maletín y sal por aquí”. Era todo lo que necesitaba, ya podía morir en paz.
El recorrido a su casa fue eterno en un auto que lo creí carroza, galopando los caballos al ritmo de mis latidos, consiguiendo en instantes sintonizar con los de ella. Estaba sentada a mi lado y me sudaba las manos temblorosa de tocarla y sentirla por primera vez. Ya no la veía a través de la pantalla, ni debía teclear para decirle que la amaba.
Deseaba expresarle mis afectos pero era más difícil en persona. Callé todo el camino, respondiendo sí y no a sus preguntas. Sometido a su juego, a su laberinto, su hermosura. Ella hablaba de todo, por ratos la percibía nerviosa pero lo ocultaba con decoro. Era una actriz consumada, la artista de mi corazón y la dueña de mí, pues se lo había entregado todo.
Cuando llegamos a casa, me sirvieron un poco de sopa, que comí sin hambre. Me sentí abochornado, ella aparecía como una princesa, más hermosa que como la creí. Su cabello rubio me había idiotizado y sus maneras fue un aliciente grato: el precio pagado y sufrido había valido la pena.
-Kebby, esta es tu habitación por este tiempo – me dijo la mamá – acomódate como gustes y duerme.
Allí estaba la computadora por la que ella me escribía. Acaricié el teclado pensando en sus dedos, miré la pantalla y veía mi reflejo. Kebby estás flaco – me dije – pero ya habrá tiempo para eso. Me eché en la cama cansado y dormí todo el sueño que en Perú Mirla me había robado.
Eso es Mirla para mí, como dije, ella es todo. De buena gana pasaría lo mismo nuevamente por estar a su lado. Nuestro noviazgo fue el más extraño. Fui educado en su candor y su amor distante, y fui encontrado aprobado cuando nos casamos. Hoy la veo todos los días y siento lo mismo que en el Perú lejano. Todo es perfecto con ella, y me hace el hombre más feliz del mundo.
Mirla ya es tu cumpleaños y te deseo lo mejor. Que Dios te dé larga vida y mucha felicidad. Tanta felicidad como me la has dado a mí. Yo por mi parte, seguiré siendo tu más grande admirador y tu eterno enamorado. Tu fans en todo sentido y el celoso guardián de tu belleza. Viviré para ti como cuando te conocí. Y la vida entera no alcanzará para decirte cuánto te amo.
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