Nací genio, ahora soy ordinario / Empezamos a ser genios... creyéndolo

Ella preguntó: “¿Has sentido alguna vez que toda tu vida has vivido bajo la fosca sombra de tu verdadero potencial? ¿Nunca te has preguntado si eres dueño de tan grande inteligencia, que de ser aprovechada, revolucionaría el mundo?

Elvira tenía fama de ser una maestra con pensamientos extremistas en casi cada aspecto. Más de una vez había llevado su inteligencia al límite, casi siempre se mostraba rebelde a cualquier sistema y sobre todo al educativo.

“Si te digo que eres un genio ¿me crees?” –nos dijo imperturbable– “Si algo dentro de ti contesta: no te creo. Entonces sólo eres el fruto de un sistema educativo que quiere transformarte en lo que ellos se han transformado. Pretenden adaptarte a la sociedad para que seas un buen obrero, un empleado eficiente u otro miembro productivo más que se anexa a la larga lista de personas que rinden culto al servilismo”.

Despertó mucha incomodidad entre mis compañeros de clase, esas cosas no deben decirse, no se debe hablar mal del sistema establecido. Ella continuaba: “¿Es así que se desarrollará tu verdadero potencial? ¿Esa es la forma en que tu genio saldrá a flote? ¿Así crecerán tus fuerzas, tu pasión y tu creatividad, por medio de la educación tradicional? ¡De ninguna manera!” –sentenció.

Pensé en mis profesores de la escuela y sentía que Elvira los ofendía. Aquí en la universidad los catedráticos creen que lo saben todo, que su sistema educativo es el ideal. Sin embargo, no podía dejar de darle razón. Aquella vez que en una clase pinté un paisaje con el cielo verde, mi profesor increpó: “¡Niño el cielo es azul, no verde!”, mató mi creatividad. O cuando respondí: “siete por siete es treinta y nueve”, me tildaron de tonto por no contestar cuarenta y nueve como ellos esperaban, disminuyendo mi confianza en mí mismo. Quizá, como dijo Elvira en mi primer día en la universidad, en verdad nací genio pero fue en el proceso de la educación que perdí mi genialidad. Nací especial y ahora soy ordinario.

Con todo, me resulta difícil creer que soy un genio, que mi capacidad intelectual llevada al extremo produciría cosas extraordinarias. Porque me enseñaron a no creerlo, me mataron lentamente. Con sacrificio mi madre pagaba una escuela que me sometió al molde de la pequeñez, negándome hasta hoy la originalidad de ser.

Fue entonces que empecé a odiar a Elvira, porque me reveló con dureza tardía que ya estoy listo para enrolarme a esta sociedad como un mediocre, un perdedor. Que desde niño me enseñaron a trabajar para otro y que no hay forma de escapar, que el industrialismo es así y lo hicieron mi destino.

“Eres un verdadero genio en muchísimos aspectos –Elvira nos aseguraba- y está en ti naturalmente. Si por acaso no eres un buen estudiante no es culpa tuya, es el resultado del sistema educativo que te niega el desarrollo completo de tu potencial humano. Eres un genio.”

A otro con ese cuento, no le creo. Puedo ser inteligente pero no tanto, eso es lo que aprendí. Este es el legado que heredé de mis profesores. Prefiero cerrarme a lo que tengo, que aventurarme a lo desconocido. Tanto he vivido mi mediocridad que no puedo abandonarla. Mil gracias a mis maestros de la escuela, por enseñarme a no creer en el genio que soy.
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