Apenas nos habíamos casado y recibimos ese consejo de Mario. Es anciano de iglesia y un hombre de mucha influencia en el adventismo de este país. Su porte siempre elegante y erguido se imponía ante mi vista inspirando sobrada sabiduría y conocimiento. Había pasado largos años como dirigente y parecía que todos sus consejos debían ser seguidos al pie de la letra, en honor a su vasta experiencia y porte arrogante.
“No eviten los hijos -nos repitió como quien está recibiendo una visión de lo alto- si es la voluntad de Dios que tengan diez, así será. Si su voluntad es que no tengan, así se hará también”.
Salimos de su casa muy contrariados con mi esposa. En nuestro tercer mes de casados habíamos pecado evitando tener hijos, y según Mario, debíamos arrepentirnos y dejar que la vida nos regale los hijos muy a sus anchas pues el sexo sólo se hizo para procrear.
Fue un día agitado, tramitamos algunos papeles que aún no estaban en regla para mi residencia dominicana. Ya en la noche, de regreso a casa un vendedor de plátanos nos interceptó con su triciclo ofreciéndonos su mercancía.
Su cuerpo delgado y su humilde apariencia decían lo complicado que le resultaba conseguir el sustento diario. Con su pobre vocabulario, comunicaba lo abandonada que está la educación elemental en República Dominicana. Sin embargo, lo que le faltaba en recursos le sobraba en cortesía y buen corazón. Porque estos últimos privilegios no son exclusivos de los ricos.
Le entregamos el dinero y nos dio una funda llena de plátanos que mi esposa y yo encontramos exagerada para lo poco que costaba. Casi cuando nos íbamos, nos dijo agradecido: “Hacen una linda pareja, que Dios los bendiga -sus ojos brillaban como quien sabe lo que nos diría por sufrida experiencia- no tengan hijos a lo loco, esperen reunir algún dinero o establecerse mejor económicamente, luego que junten sus chelitos (dinero) entonces con cuidado planifican sus hijos”.
Bien. Allí teníamos dos consejos de consecuencias trascendentales en un solo día. Ambos tan opuestos como la mañana y la noche. El primero venía de un profesional próspero, de saco y corbata. El segundo, de un vendedor de plátanos que lejos de sentenciar con sus dichos, sólo sugería tímidamente.
Estaba el consejo de Mario siempre buscando la reforma pro-salud y predicándola desde el púlpito; y el de un vendedor de plátanos buscando qué comer, lo que sea, porque es mejor acortar la vida con mala comida, que morir inmediatamente de hambre.
Hoy, me sorprende la idea que no todos los consejos que vengan de un hermano o anciano de iglesia, son los más adecuados. Con qué facilidad juzgamos al prójimo por la apariencia. Por otro lado, se supone que un adventista que lee su Biblia, debe tener una visión de la vida mejor que la de alguien que vaga confundido entre las teorías del mundo y las empíricas improvisaciones de la vida.
Esta experiencia me ha ayudado a cuestionar cada “consejo” y “supuesta verdad” venga de donde venga. No hay nada mejor que la verdad que descubres por ti mismo, que los mitos tradicionales del medio. Casi estoy concluyendo que un poderoso, digamos 90%, de lo que creemos los adventistas acerca de la vida práctica (no doctrinal) están erradas. No soportan ni el menor escrutinio lógico y razonable.
Han pasado dos años del incidente, y aún no tengo hijos. Me pregunto qué sería de mí si, fiel al consejo de Mario, me hubiera abandonado al placer de traer hijos al mundo porque sí. Probablemente no habríamos terminado la universidad. Mirla estaría embarazada de un segundo y daría a luz el próximo mes. ¿Con qué dinero compraría los pañales y la leche si aún no estamos estables económicamente? Lo que es peor, en ese par de años ¿con cuánto dinero me habría ayudado Mario para criar a mi hijo? ¡No quiero que mi hijo oiga sus sermones, me interesa que le compre los pañales!
Gracias Dios, porque le hice caso a un vendedor de plátanos y no al anciano de la iglesia. ¡Y que vivan los preservativos!
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