Me he preparado para ser pastor y es probable que termine siéndolo, sin embargo, desde aquella entrevista me siento menos pastor que antes.
Anoche me visitaron dos nuevos amigos a mi casa. Pertenecen a la nueva iglesia que me han confiado como pastor asociado. Tiempo atrás escribí preocupado el artículo "¿Seré Pastor? Una pequeña confesión". Pero el tiempo va pasando y algunos cambios positivos van ocurriendo.
La noche era calurosa y no había luz, nos abanicábamos con hojas de papel agitándolas como si espantáramos moscas invisibles. Hablamos de deporte, de lo tranquila que es esta zona, de qué queríamos hacer con nuestras vidas someramente, y de otras cosas más que rayan lo irrelevante. Les comenté las bondades de vivir aquí, lo que me motivó a mudarme y les hablé de lo mejor de este lugar: el silencio por las noches, la abundante vegetación y los vecinos tan amables que tenemos.
Hace muchos años que no tenía una entrevista así: tres muchachos abriéndonos a la vida. Uno de 17 años, yo de 23, y otro de 27; en ese orden de edad. Conversábamos de lo que nos aqueja, de nuestras alegrías, sueños pueriles, del desamor, de fracasos tempranos e intentos fallidos. Resumiendo, hablando de lo que nos viniera en gana. Fue una conversación sin rumbo, una plática porque sí, una pérdida de tiempo realmente, pero lo más importante, fue una charla sincera.
Cuando entré a la facultad de teología con 17 años, muchos profesores me aconsejaron "estás muy joven amigo", pero dándole poca importancia emprendí lo que quería hacer (y sigo queriendo)… ser pastor. Entre estudiantes, nuestras conversaciones giraban en torno al ministerio pastoral, las inentendibles clases teológicas, nuestras exitosas semanas de oración, los fines de mes cuando teníamos que pagar la universidad, el colportaje, lo bien que predicábamos en nuestra propia opinión y cosas por el estilo. Todo se trataba de asuntos ministeriales, "jugando al ministerio" como los niños juegan al papá y la mamá presagiando el futuro.
Recuerdo cómo nos cuidábamos de todo cuanto decíamos. Había que guardar la santidad, aquella que cuesta esfuerzo aparentarla, esa que los profesores y pastores esperan de un estudiante de teología. Sentíamos la mirada inquisitiva de todo el mundo, como deben sentirse los hijos de los pastores sólo cuando respiran.
Como "futuros pastores" lo sabíamos todo y en todo teníamos razón. En nuestro estrecho mundo, la infalibilidad era un objetivo que casi siempre alcanzábamos. Así, muy a menudo, nuestras conversaciones eran privadas de sinceridad. Porque no hace falta mentir, sólo basta ocultar la verdad a conveniencia para caer en la falacia. Sobre todo cuando se trata de quiénes fuimos, de nuestras "travesuras" antes de ser cristianos. Teníamos firmado un trato implícito de no revelar nuestro pasado, y de hablar, a partir de ahora, sólo del ministerio.
Aquel era mi mundo, aun cuando me trasladé a la facultad de teología en República Dominicana, hay algunas cosas que, como las reglas de ajedrez, trascienden lo cultural y no cambian. Ese era nuestro formato de preparación al ministerio.
Mi vida hubiera seguido su curso corriente, con los ojos vendados al encanto de sentirse otro humano más, sino fuera por mis buenos amigos que se sentaron en mi sala anoche. Me he preparado para ser pastor y es probable que termine siéndolo, sin embargo, desde aquella entrevista me siento menos pastor que antes. Porque la imagen que tengo de un pastor es de alguien apartado para el ministerio, pero tan apartado que a veces se distancia de los hermanos. Se sumerge en su universo paralelo y parece muy cómodo, apreciando la vida desde su "perspectiva ministerial". La gente lo mira con respeto y admiración, él responde correctamente y con puntillo, pero rara vez se involucra con ellos como instintivamente lo hacen las hormigas haciendo provisión de alimentos en equipo.
Con todo el respeto que tengo al sagrado ministerio pastoral, he tenido mascotas más amistosas y cercanas que mi pastor de iglesia allá en lugares recónditos de mi Perú. Por supuesto que creo en la excepción de la regla, hay centenares (acaso miles) de ministros amistosos; pero más creo en la regla que permite la excepción, que son más los "ministros de amistades herméticas" que los de "amistades abiertas".
No creo que deba ser así. Si hay algo que no me agrada del ministerio es aquella falsa ética que merodea lo cursi, cuando se pretende ser elegante y se termina en el ridículo. Porque la ética profesional, no es más que un puñado de maneras que construyen una personalidad sobre las nubes livianas de lo ideal, de lo que debería ser el mundo de acuerdo a cierto convencionalismo social, en palabras simples, de parecerse a un pastor según el paradigma moderno del ministerio.
Me encanta la forma de Cristo. Más natural y espontánea, menos rígida y teórica. Preparando el desayuno a orillas del mar queriendo sorprender a sus discípulos con sencillos potajes marinos, utilizando una vara de árbol para atizar el fuego de vez en cuando hasta lograr el color rojizo cocinando. Vigilando que la presa no se le queme de un lado, cambiándola varias veces de posición como los niños se revuelven en sus camas mientras duermen. Pellizcando la carne blanca y jugosa para probarla, quizá le falte sal. La lleva a la boca, la siente caliente pero rica. “¿Estará bien para Pedro?, un poco más de tiempo a fuego lento y listo.” Una gaviota se posa sobre una roca, Jesús busca otro lugar para poner el caldero, la avecilla parece inquieta y el Maestro no quiere azuzarla. El sonido característico de la cocina se oye, como los hinchas en los estadios de fútbol cuando alientan a sus equipos. Jesús sabe que ya pueden comer.
O cuando Cristo inclinado en cuclillas detiene con la izquierda su túnica que flamea como una bandera izada en otoño, el polvo desluce su cabello y se dispone a escribir en el suelo. Remueve la tierra con atención, será un texto en bajo relieve. Tiene una escritura singular, su caligrafía no es perfecta, las piedras pequeñas confunden las letras pero se deja leer, la vida de una mujer depende de ello.
También escupiendo al puro talante judío sin reprimenda (¿se imaginan a un pastor escupiendo?), procurando el barro con los dedos, silueteando círculos en sentido horario y anti horario, amasando con paciencia, buscando entre la saliva expelida y la tierra adusta la homogeneidad y viscosidad suficientes para untar los ojos invidentes. Levanta con dos dedos la pasta castaña y aplica en los párpados con la firmeza de un hábil pintor. Toma otro poco para cubrir el ojo faltante, sonríe mirando al pirata doble, hará feliz a un hombre y eso le regocija.
Predicando en un monte caminando entre la gente, se quita una piedra que se metió en la sandalia, es pequeña pero agujera el talón a cada paso. Se ayuda de una madera delgada, tiene que pisar con los dedos y levantar el talón, por el espacio abierto tira con el palito hacia afuera, sale la piedra se siente aliviado.
Multiplica los panes y tiene cuidado con las sobras. Sonríe más seguido enseñando los premolares sin retraimiento, unas líneas verticales marcan sus mejillas y se descubren dos curiosos hoyuelos. Da ganas de abrazarlo, su sonrisa te contagia y ambos terminan riendo sin discreción. Es la causa y efecto más misteriosa y graciosa de todas.
Juega con los niños en descalzo entre la tierra y el río, chapoteando el agua con sus pequeños, a quienes vino a salvar. Qué fácil era para los niños acercase a un personaje así, sin embargo, siempre habrá un discípulo que guarde la “ética de la formalidad” espantando a los infantes y siempre estará Jesús para educarnos: "Hombre, déjalos venir a mí, de estos niños es el reino de Dios".
Algún día seré un pastor adventista con todo lo que eso implica. Algún día me volveré más formal y correcto para la organización. Los hermanos me mirarán con respeto guardando las distancias, advirtiendo que allí va el "hombre de Dios", el "ungido de Jehová", el ejemplo de todos. Tan bueno, tan correcto, con tantos modales, con un discurso tan elocuente, y al mismo tiempo tan distante e inalcanzable como el norte y el sur, como el agua y el aceite.
Cuando me pronostican llamándome "pastor Kebby" me siento triste. Feliz porque lo alcancé, pero triste porque el “molde ministerial” está allí esperándome, permanece inmóvil, implacable, listo para rehacerme según su estereotipo. Ese molde que he evitado hasta hoy pero que me espera con paciencia macabra, con una ceja más levantada que la otra dejando entrever su ojo apocalíptico. No le tengo miedo sólo lo desprecio, pero sabe que terminaré cediendo y por eso se ríe de mí cada vez que puede. Ahora me mira mientras escribo mi última voluntad en estas líneas, morirá Kebby y nacerá el pastor, así será. Una gotita fría me recorre la espalda.
Cuando eso ocurra, espero nunca olvidar a mis dos amigos que me visitaron anoche y, en medio de la agitada agenda ministerial, intentaré volver a mis escritos mocosuelos. Para entonces, al releer estas líneas, me parecerán bisoñas.


